Buscar

Galicia en coche. Claves para descubrir los lugares menos accesibles de la comunidad

lydia-logga-TTOp7wU7P5M-unsplash

Hay una Galicia que sale en todas las guías de viaje. La catedral de Santiago, las Rías Baixas, el casco histórico de Pontevedra, la Torre de Hércules en A Coruña. Son lugares que merecen la visita, sin duda, pero que comparten una característica inevitable: los encontrarás llenos de gente, perfectamente señalizados y accesibles en transporte público desde cualquier punto de la comunidad. Esa Galicia está bien documentada y no necesita que nadie la descubra.

Pero hay otra Galicia. Una que requiere desviarse de la nacional, meterse por carreteras que el GPS todavía clasifica como secundarias, aparcar el coche junto a un muro de piedra cubierto de musgo y seguir a pie durante diez minutos sin saber muy bien qué vas a encontrar al final. Esa Galicia no tiene parada de autobús. Y es, con bastante diferencia, la más interesante.

El problema del transporte público en el interior gallego

Galicia es una comunidad con una geografía caprichosa. Las rías, los valles profundos, la orografía montañosa del interior y la dispersión histórica de su población en aldeas y parroquias diminutas han configurado un territorio donde el transporte público llega con cuentagotas a muchos puntos. Las ciudades y las cabeceras de comarca están bien conectadas entre sí, pero en cuanto uno quiere alejarse de los ejes principales, las opciones se reducen drásticamente.

Esto no es un problema para quien visita Santiago o Vigo. Pero sí lo es para quien quiere explorar la Ribeira Sacra, perderse por la Sierra de O Courel, llegar hasta las playas salvajes de la Costa da Morte o subir hasta los pueblos de montaña de la provincia de Ourense que en invierno quedan prácticamente aislados del mundo. Para todo eso, el coche no es una comodidad, es una necesidad.

Según datos del Instituto Galego de Estatística, más del cuarenta por ciento del territorio gallego está clasificado como zona de baja densidad demográfica, lo que da una idea de hasta qué punto la red de transporte público no puede cubrir de manera razonable toda la geografía de la comunidad. Moverse con libertad por Galicia implica, casi por definición, moverse con vehículo propio o de alquiler.

La Ribeira Sacra: cañones, viñedos y silencio

Si hay un lugar en Galicia que ilustra perfectamente la idea de destino inaccesible sin coche, ese es la Ribeira Sacra. El conjunto formado por los cañones de los ríos Sil y Miño, con sus laderas cubiertas de viñedos históricos en terrazas, sus monasterios románicos medio escondidos entre la vegetación y sus miradores sobre el agua, es uno de los paisajes más espectaculares de la Península Ibérica. Y llegar a los puntos más impresionantes requiere circular por carreteras estrechas y sinuosas que no tienen alternativa de transporte colectivo.

El mirador de A Cividade, en Parada de Sil, exige unos kilómetros de carretera forestal que solo se pueden hacer en vehículo. El monasterio de Santo Estevo, hoy reconvertido en parador, está enclavado en un valle al que se accede por una carretera que baja en espiral entre castaños y robles. Las bodegas que elaboran los vinos con denominación de origen Ribeira Sacra están diseminadas por las laderas del cañón, y visitarlas sin coche es sencillamente imposible.

La Ribeira Sacra está en proceso de convertirse en uno de los grandes destinos enoturísticos del norte de España, con una creciente atención internacional que la sitúa al nivel de zonas vitivinícolas mucho más conocidas. Pero su encanto proviene precisamente de esa accesibilidad limitada que la ha preservado del turismo masivo. Quien llega hasta allí, llega porque ha hecho el esfuerzo de buscarlo.

La Costa da Morte

El nombre ya lo dice todo. La Costa da Morte, ese tramo del litoral atlántico gallego que se extiende desde Malpica hasta Fisterra y Muxía, es uno de los territorios más agrestes, más hermosos y más olvidados de España. Una costa de acantilados verticales, playas de arena blanca batidas por olas que vienen directamente del Atlántico sin que nada las frene, faros solitarios sobre promontorios de granito y aldeas de pescadores donde el tiempo parece haberse detenido en algún punto impreciso del siglo pasado.

La carretera que recorre la Costa da Morte no es una autopista ni una vía rápida. Es una sucesión de tramos que se adaptan al terreno, que suben y bajan con la costa, que pasan por pueblos donde apenas cabe un coche, que llevan a playas a las que hay que bajar por caminos de tierra. Playa de Trece, playa de Carnota, la laguna de Xuño, el cabo Touriñán, el punto más occidental de la España continental. Ninguno de estos lugares tiene parada de autobús. Todos tienen algo que hace que el esfuerzo de llegar valga completamente la pena.

Muxía, al final de uno de los ramales del Camino de Santiago, recibe cada año a miles de peregrinos que llegan a pie. Pero los que quieren explorar los alrededores, subir hasta el faro, llegar a las calas que hay más al norte o cruzar hasta Camariñas y el cabo Vilán necesitan ruedas.

La Sierra de O Courel: Galicia profunda

En el extremo suroriental de la provincia de Lugo, haciendo frontera con El Bierzo, la Sierra de O Courel es probablemente el territorio menos conocido de toda Galicia. Un macizo montañoso de bosques de roble y castaño, aldeas de pizarra que en algunos casos están prácticamente abandonadas, ríos de agua transparente y una red de senderos que recorren uno de los ecosistemas mejor conservados del noroeste peninsular.

Llegar al Courel ya es en sí mismo una aventura. Las carreteras que suben desde el valle del Lor o desde Quiroga son estrechas, con curvas cerradas y pendientes pronunciadas, y en invierno pueden quedar cortadas por la nieve durante días. No es un destino para conductores sin experiencia en montaña, pero para quien está acostumbrado a este tipo de carreteras, la recompensa es un paisaje que no se parece a nada de lo que pueden ofrecer los destinos convencionales.

El castro de A Recacha, las aldeas de Seoane y Esperante, las cascadas del río Selmo. Son nombres que no aparecen en los folletos turísticos pero que quienes los han visitado describen con una devoción que resulta contagiosa. El Courel es de esos lugares que generan adicción precisamente porque exigen un esfuerzo para llegar.

Galicia en otoño e invierno: la temporada que nadie cuenta

La mayoría de los viajeros que visitan Galicia lo hacen en verano, atraídos por el Camino de Santiago o por las playas de las Rías Baixas. Es una decisión comprensible pero que tiene un coste: en julio y agosto, Santiago está desbordada, los alojamientos de la costa cuestan el doble, y muchos de los rincones que hemos descrito reciben más visitas de las que habitualmente reciben en el resto del año.

Galicia en otoño es otra cosa. Los bosques de castaño y roble se incendian de color, la Ribeira Sacra está en plena vendimia, las playas tienen una luz lateral de atardecer que en verano no existe, y las aldeas del interior recuperan esa quietud que las hace especiales. El invierno, para quien no le tiene miedo al frío y a la lluvia, ofrece una versión todavía más auténtica de todo esto, con la ventaja adicional de que prácticamente no hay turistas.

Viajar en temporada baja por Galicia en coche es, en muchos sentidos, la experiencia más completa que esta comunidad puede ofrecer. Además, si quieres bañarte, siempre puedes acercarte a las termas de Ourense, ya que el agua sale muy caliente.

Visitar Galicia durante sus fiestas

Galicia tiene una relación con sus fiestas populares que pocas regiones pueden igualar. No son eventos diseñados para el turista ni recreaciones folclóricas de algo que ya no existe: son celebraciones vivas, arraigadas en el calendario agrícola y religioso de siglos, donde la gente del lugar participa con una naturalidad que las convierte en algo genuinamente distinto a cualquier festival de nueva creación. El verano concentra la mayor densidad festiva, con las romerías parroquiales como columna vertebral de la vida social en pueblos y villas. La de San Juan, celebrada en la noche del 23 de junio con hogueras en playas y plazas de toda la comunidad, es probablemente la más transversal y emotiva, pero compite en popularidad con decenas de fiestas gastronómicas que cada municipio organiza en torno a su producto estrella: el pulpo en O Carballiño, el marisco en O Grove, el albariño en Cambados. La fórmula es siempre parecida y siempre funciona: producto local, música de gaita, verbena hasta la madrugada y una convocatoria que reúne a varias generaciones alrededor de la misma mesa.

El invierno gallego también tiene una dimensión festiva muy interesante y completamente distinta, más íntima y antigua. El entroido, el carnaval gallego, es uno de los más singulares de la península ibérica, con tradiciones que en algunos casos se remontan a la Edad Media y que en lugares como Xinzo de Limia, Verín o Laza adquieren una personalidad que no tiene equivalente en ningún otro lugar. Los peliqueiros de Laza, con sus máscaras de expresión feroz y sus cencerros metálicos, o los cigarróns de Verín, recorriendo las calles en un ritual que mezcla la burla, el caos controlado y una coreografía transmitida de generación en generación, son imágenes que quien las ve una vez difícilmente olvida. El entroido gallego no es disfraz y confeti: es un rito de inversión del orden social que la comunidad lleva siglos practicando con una seriedad disfrazada de desorden.

Entre el verano y el invierno, el otoño aporta sus propias celebraciones, más recogidas pero igualmente reveladoras del carácter gallego. La vendimia en las Rías Baixas y en la Ribeira Sacra convierte los viñedos en escenario de fiestas que combinan el trabajo colectivo con la celebración del resultado, siguiendo una lógica festiva que en Galicia siempre ha estado ligada al ciclo de la tierra. Y el magosto, celebrado en noviembre alrededor de una hoguera donde se asan castañas, es una de esas fiestas menores que en realidad dicen más sobre una cultura que muchos de sus grandes eventos: algo sencillo, repetido durante generaciones, que no necesita explicación porque su significado está en el propio acto de reunirse alrededor del fuego cuando el frío empieza a apretar.

Visitar Galicia durante sus fiestas populares es una experiencia muy distinta a hacerlo fuera de ellas. No porque el paisaje o la gastronomía cambien, sino porque la fiesta popular gallega es uno de los pocos contextos donde el visitante puede asistir a algo que no ha sido preparado para él.

Una última parada: los pazos del interior

No todo en la Galicia menos conocida son paisajes naturales. La arquitectura civil gallega tiene en los pazos, las grandes casas solariegas de piedra granítica rodeadas de jardines y hórreos, uno de sus elementos más característicos y menos divulgados fuera de la comunidad. Muchos de estos pazos están en el interior, en municipios pequeños de las provincias de Lugo y Ourense, y algunos han sido reconvertidos en alojamientos rurales de una calidad extraordinaria.

Quedarse a dormir en un pazo, cenar con productos de la huerta propia y despertarse con vistas a un jardín camelia centenario es una experiencia que tiene muy poco que ver con el turismo convencional. Y para llegar hasta donde están la mayoría de estos pazos, ya lo habrá imaginado el lector, hace falta un coche.

Galicia tiene mucho más de lo que muestra a primera vista. Encontrarlo es, en gran parte, cuestión de salir de la carretera principal y ver adónde lleva el desvío.

Planificar el viaje: el coche como punto de partida

Una ruta por la Galicia menos conocida requiere planificación, pero no una planificación excesivamente rígida. De hecho, parte del encanto de recorrer en coche territorios como los que hemos descrito es la posibilidad de improvisar, de detenerse cuando algo llama la atención, de cambiar el itinerario si el tiempo no acompaña o si alguien en un bar de carretera te recomienda un desvío que no estaba en el plan original.

Lo que sí conviene planificar es el vehículo. Para rutas por el interior y la montaña, un turismo convencional puede quedarse corto en determinados tramos. Contar con un todoterreno o un vehículo de mayor capacidad marca la diferencia cuando las carreteras se estrechan o cuando se quiere llegar hasta puntos que exigen un mínimo de altura libre al suelo. Para quienes visitan Galicia desde fuera, los expertos de Mouronte Automóviles recomiendan no improvisar con el vehículo y elegir el tipo de coche en función de la ruta concreta que se tiene prevista, especialmente si el recorrido incluye pistas forestales o accesos a aldeas del interior.

Después de leer este blog, si necesitas ampliar información puedes visitar la página web de Turismo de Galicia, donde encontrarás detalles mucho más específicos. ¡Buen viaje!

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest